Mirar por la ventana en un día lluvioso, sentarse a esperar y darse cuenta de lo mucho que hiere, notar cómo todo lo que en su momento dijiste, "no importa", "no me hiere en absoluto" hace un reflejo en ese vidrio empañado por el vapor de tu interior que intenta ganar temperatura, como ese vidrio a modo de pantalla que reproduce frente a tus ojos todos esos momentos, todas esas ocasiones sin piedad alguna, una y otra, y otra vez, hasta que pasa, lo consigue, ya no puedes más y te quiebras y lloras todo lo que no lloraste a su debido momento y ese reflejo de tu cara empapada en lágrimas eclipsadas por los recuerdos que se ven tan lejanos como una nube y hieren tanto como si estuvieras en ese preciso lugar en ese mismo instante, te demuestra lo débil que eres y a pesar de todos tus intentos de ser fuerte ante todos los demás al final del día eres tú y solo tú, débil, insegura, acomplejada, incapaz de ser feliz, eficiente en el cariño pero, por sobre todas las cosas, una máscara. Al final de cuentas, el que todos te crean demuestra lo buena actriz que puedes llegar a ser. Sin embargo, la tormenta acaba y tus lágrimas se agotan al ritmo en que esta disminuye. Cuando se acaba estás tan agotada, no física, sino emocionalmente, que te vas a la cama e intentas dormir, aunque no puedes hacerlo de verdad gracias a que tus demonios internos jamás descansarán, y al salir el sol te levantas, ensayas una sonrisa y sales como si nada hubiera pasado, como si la chica de la noche nunca hubiera estado y cada vez que te preguntan cómo estás, tu respuesta siempre va a ser un "estoy bien" demasiado falso, pero bien maquillado, ya que nadie lo cuestiona, nadie lo pone en duda, todos lo creen...
Daniela Arcaide, 1º 2º
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